Como parte de nuestra serie de entrevistas que presentan a nuestros beneficiarios, esta nueva entrega se centra en Leidy Chingal. Desde el resguardo indígena de Gran Cumbal, en el sur de Colombia, hasta sus estudios actuales de sociología en la Universidad de Antioquia, el camino de Leidy demuestra cómo tener metas claras y un esfuerzo constante puede abrir oportunidades incluso en circunstancias difíciles. Su experiencia ofrece una visión práctica de lo que implica cursar estudios superiores lejos de casa, el papel de la familia y la comunidad, y cómo el apoyo focalizado puede marcar una verdadera diferencia.
¿Quién es Leidy Chingal?
Soy estudiante de sociología en la Universidad de Antioquia. Crecí en el resguardo indígena del Gran Cumbal, que junto con los resguardos de Panan, Chiles y Mayasquer conforman los cuatro resguardos de Cumbal, Nariño, en el sur de Colombia. Me considero una mujer luchadora, alguien que siempre ha buscado la manera de salir adelante sin importar las dificultades. Soy optimista. No me rindo fácilmente y siempre trato de encontrar soluciones a los problemas, incluso cuando parecen no tener salida. También me gusta estar disponible para los demás. Me hace sentir bien poder tenderle la mano a alguien que lo necesita, así como yo he recibido apoyo en momentos importantes de mi vida. En este momento me siento muy feliz porque estoy cumpliendo un sueño que tengo desde niña: convertirme en profesional.
Soy la menor de cinco hijos que tuvo mi mamá. Tengo un hermano y tres hermanas. Mi mamá creció en un hogar con muy pocos recursos, donde la educación no era considerada una prioridad. Para su familia, era más importante que ella pudiera contribuir económicamente trabajando desde muy joven. Solo cursó un año de educación primaria. Desde pequeña, mis abuelos la enviaban a cuidar animales como ovejas, vacas y cerdos, porque eso era lo que podía aportar a su hogar. Mi mamá enviudó poco después del nacimiento de mi penúltima hermana, y desde entonces ha tenido que hacerse cargo sola de todos sus hijos. Al principio contó con la ayuda de mis abuelos, quienes fallecieron cuando yo tenía ocho años. Yo nací de otro padre, que no tuvo una relación estable con mi mamá y nunca fue parte activa de mi vida. Por eso, mi mamá ha sido la persona que ha estado siempre para nosotros. Las condiciones económicas de nuestra familia hicieron que ninguno de mis hermanos pudiera terminar el bachillerato. Todos ellos se dedicaron a trabajar en el campo desde jóvenes.
¿Por qué decidiste cursar estudios universitarios?
Desde muy pequeña fui una estudiante dedicada y responsable. Me gustaba aprender, y siempre me esforzaba por sacar buenas notas. Sin embargo, cuando terminé la primaria, mi mamá no tenía cómo cubrir los gastos necesarios para que yo pudiera continuar estudiando. Fue una etapa un poco triste en mi vida, porque yo tenía muchas ganas de seguir en el colegio, pero tenía alrededor de once años y sabía que las cosas no serían fáciles. Decidí buscar trabajos temporales para costear por mi cuenta lo que necesitaba para estudiar, como los uniformes, los cuadernos y los libros. Trabajaba y estudiaba al mismo tiempo.
A pesar de que no tenía un ejemplo cercano de alguien que hubiera ido a la universidad, desde los trece años empecé a imaginarme en diferentes profesiones. Soñaba con ser médica, odontóloga, abogada o incluso policía entre otras carreras. Escuchaba a otras personas hablar de sus familiares que estaban estudiando carreras universitarias y me preguntaba por qué yo no podía hacer lo mismo. Con el tiempo, me convencí a mí misma de que tenía que intentarlo, que yo también merecía una oportunidad. Mi mamá, preocupada por la realidad económica que enfrentábamos, trataba de advertirme que ella no tenía cómo apoyarme. No quería que me ilusionara con algo que después no pudiera lograr. Pero yo no me conformaba con quedarme en casa o con trabajar en oficios domésticos. Sentía que ese no era mi destino. En el resguardo indígena al que pertenezco, había un grupo que ofrecía orientación a jóvenes como yo, y gracias a ellos obtuve información valiosa y acompañamiento para empezar el proceso de ingreso a la universidad. Todo lo hice por mi cuenta, con la guía de ese grupo. Tenía una determinación muy fuerte por estudiar. Incluso si no lograba entrar a la universidad, pensaba buscar algún programa técnico o tecnológico que me permitiera seguir adelante. Lo que tenía claro era que no quería seguir el camino que me marcaba mi entorno.
¿Cuál fue el mayor desafío que tuviste que superar para estar hoy en la universidad?
Sin duda, el principal obstáculo fueron las limitaciones económicas. Estudiar en la Universidad de Antioquia implicaba mudarme a Medellín, una ciudad grande y con un costo de vida muy alto para una persona que viene de una zona rural. Tenía que asumir gastos de transporte, alimentación, vivienda, materiales de estudio y muchas otras cosas. Cuando no tienes los recursos necesarios, estudiar en una gran ciudad parece un sueño inalcanzable. Afortunadamente, mi mamá, un cuñado y mi tío Ángel me ofrecieron prestarme algo de dinero para que pudiera comenzar con mis estudios. Gracias a ese primer apoyo pude dar el paso inicial. Con el tiempo, fui encontrando otras ayudas que me permitieron continuar. La universidad me brindó apoyo alimentario en un comienzo, luego accedí a un subsidio estatal llamado Jóvenes en Acción, y más adelante, obtuve un respaldo parcial de un fondo destinado a comunidades indígenas. Aun así, en varias ocasiones no tenía suficiente dinero para cubrir mis gastos básicos. Esa inseguridad económica me afectaba mucho emocionalmente, porque sentía que en cualquier momento podía tener que abandonar la universidad. Sin embargo, cada vez que superaba una dificultad, me convencía de que sí valía la pena seguir luchando.
¿Cuál es tu logro más destacado hasta ahora en la universidad?
Mi mayor logro ha sido mantenerme en la universidad a pesar de todos los desafios. No rendirme, seguir adelante con mis estudios y no dejarme vencer por el miedo o la incertidumbre. Hoy me siento orgullosa de haber superado muchas barreras. Además, siento que soy un ejemplo para mis once sobrinos. Varios de ellos me miran como una inspiración, y eso me da mucha fuerza para continuar. Saber que mi esfuerzo tiene un impacto más allá de mí misma, que puede cambiar la vida de otros en mi familia, me hace sentir que estoy construyendo algo valioso no solo para mí, sino para todos.
¿Cómo ha influido el apoyo de impactU en tu experiencia universitaria?
El apoyo de la fundación impactU ha sido una gran bendición en mi vida. Desde que recibí la beca, he podido concentrarme mejor en mis estudios porque ya no tengo la preocupación constante de cómo voy a cubrir mis gastos. Antes tenía que trabajar en los puestos de venta ambulante de la universidad, donde solo me pagaban dos mil quinientos pesos por hora, o era común que tuviera que pedir dinero prestado para resolver necesidades urgentes. Ahora, gracias a la fundación, tengo una mayor tranquilidad y una esperanza renovada de que puedo cumplir mis metas. Me siento más soñadora, más fuerte, más motivada para seguir adelante. También ha cambiado mi forma de pensar sobre la generosidad. Me inspira ver cómo otras personas, que no me conocen personalmente, están dispuestas a ayudarme para que yo pueda seguir estudiando. Me hace querer convertirme en una de esas personas que ayudan a otros en el futuro. Siento que algún día podré retribuir lo que estoy recibiendo, acompañar a alguien más en su camino y devolver un poco de lo que se me ha dado.
¿Cómo te ves en el futuro?
Tengo dos posibles caminos en mente. En uno, me quedaría en Medellín, empezaría a trabajar en una entidad pública o privada y luego buscaría hacer un posgrado. En el otro, volvería a Cumbal, el lugar donde crecí, para estar más cerca de mi familia, especialmente mi madre, y aportar al desarrollo de mi comunidad. En ese escenario, me imagino trabajando en proyectos sociales o institucionales en mi municipio o en el departamento. Me gustaría contribuir desde mi formación profesional al bienestar de la gente de Cumbal. Creo que mi decisión final va a depender también de la salud de mi mamá. Si ella necesita que yo esté cerca, mi prioridad será acompañarla.
Para concluir, cuéntanos sobre Cumbal, Nariño. ¿Qué extrañas? ¿Qué deberíamos conocer?
Cumbal es un municipio ubicado al sur de Colombia. La mayoría de sus habitantes pertenecen a comunidades indígenas que viven en uno de los cuatro resguardos reconocidos en la región. La economía local gira principalmente en torno a la agricultura y la ganadería. Es una zona montañosa con una naturaleza espectacular. Hay muchas reservas naturales, páramos y lagunas. Los mayores atractivos son los volcanes Cumbal y Chiles. Ambos tienen una altitud aproximada de cuatro mil setecientos metros sobre el nivel del mar. Se pueden visitar en caminatas de un solo día, y en ciertas épocas del año incluso pueden tener nieve. Otro destino natural muy bonito es la laguna de la Bolsa, que está ubicada al occidente del casco urbano del municipio.
En cuanto a la comida, el plato típico es el cuy con papas y ají. El cuy es un roedor andino que se prepara asado sobre carbón y tiene un sabor muy particular. También se comen habas tostadas. Otro plato tradicional es la fritada, que se prepara con chicharrón, costilla de cerdo, maíz cocido, maíz tostado y ají. Son muy comunes las sopas de cebada y el mote de trigo. Además, hay muchos platos preparados con quinua, que es un alimento tradicional muy nutritivo. En la región también se consumen ocas y ullucos, que son tubérculos nativos similares a la papa y que se suelen comer cocidos. Cumbal es especialmente rica en variedades locales de papa que no se encuentran fácilmente en las grandes ciudades. Yo conozco entre diez y veinte tipos de papa que no he visto en Medellín, pero que se siguen cultivando en mi municipio. Eso es algo que extraño, tanto por el sabor como por lo que representan: una conexión profunda con mi tierra y con la identidad cultural de mi comunidad.
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